El Arco de Santa Catalina, en Antigua Guatemala, no fue concebido para deslumbrar a nadie: nació en 1693 como solución discreta a un dilema conventual. Las monjas de clausura necesitaban cruzar la calle para pasar de un edificio a otro sin ser vistas desde el exterior, y este puente cubierto fue la respuesta. La privacidad, no el espectáculo, creó uno de los monumentos coloniales más fotografiados de Centroamérica. La ironía tiene buena memoria.